Basta con subir un cerro. Basta con caminar entre esos particulares paisajes áridos y a la vez fértiles. Basta con voltear y mirar los campos arados, los frutos de la tierra crecer. Después sale el sol, después se esconde; un día es crudo el frio, y puedes observar la neblina en un poblado cuando abraza cada muro, cada tejado, cada palo y cada poste, cada alambre de púas, cada malla de gallinero. Otro día puedes andar por la tierra que se levanta, el sol que seca la boca a humanos y animales. Puedes ver una roca colocada estratégicamente afuera de una tienda tienda de abarrotes, bajo una sombra para tomar un refresco o una cerveza. Suelo cubierto de paja, mezquites que flanquean los caminos, canales de riego, arroyos llenos de lirio. Maquinaria obsoleta y oxidada, abandonada en el rincón. Avanza la mañana, el sol se levanta hasta donde el cuello nos deja mirar. Los chiquillos salen y corretean a sus amigos, a una que otra gallina.
Basta con un probada de aire fresco, con un toque de alegría que despunta a eso de las 2 de la tarde: basta con caminar un poco, abrir la puerta hecha por un herrero avanzado en edad, dar vuelta en el pasillo y pasar una, dos, tres puertas y entrar a una cocina. El techo manchado de grasa, migajas de masa por el piso, mantel de plástico para proteger la mesa, así como papel aluminio en la estufa, mientras el fogón contempla, confiable y relegado. Lo que se asoma a través del vapor que sale del cuarto es ¡Mole! ¡Arroz! ¡Salsa de jitomate! ¡Guacamole!. Fuera de la cocina está el cazo donde se preparan las Carnitas. Llegan las mesas, llegan las sillas. Más manteles sencillos. Los chiquillos van a hacer los mandados y traen los resfrescos. El tequila se pone en la mesa. La cerveza tampoco falta ya que a esa hora, con la resolana, lo más sensato que se puede hacer es ir al tendajón y pedir una caguama muerta.
Llegan los parientes, llegan los amigos. La música comienza. Bien puede sonar un acordeón, un bajo sexto, un bajo y un tarola con su campana y un pequeño platillo:
Qué triste se encuentra el hombre cuando anda ausente
Cuando anda ausente
muy lejos de su patria
Mayormente si se acuerda de sus padres y su chata
¡Ay qué destino! Para ponerse a llorar
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Una fiesta en un rancho es una experiencia mexicana que inyecta alegría al ánimo. No es fácil ir al campo y ver cada carencia posible encarnada en la mirada triste de algún anciano, en el ganado flaco y a veces famélico. Pero como el campo y la tierra mismos, el ánimo no se quebranta cuando de trabajo se trata para el campesino mexicano.