miércoles, 4 de diciembre de 2013

Raíces

Basta con subir un cerro. Basta con caminar entre esos particulares paisajes áridos y a la vez fértiles. Basta con voltear y mirar los campos arados, los frutos de la tierra crecer. Después sale el sol, después se esconde; un día es crudo el frio, y puedes observar la neblina en un poblado cuando abraza cada muro, cada tejado, cada palo y cada poste, cada alambre de púas, cada malla de gallinero. Otro día puedes andar por la tierra que se levanta, el sol que seca la boca a humanos y animales. Puedes ver una roca colocada estratégicamente afuera de una tienda tienda de abarrotes, bajo una sombra para tomar un refresco o una cerveza. Suelo cubierto de paja, mezquites que flanquean los caminos, canales de riego, arroyos llenos de lirio. Maquinaria obsoleta y oxidada, abandonada en el rincón. Avanza la mañana, el sol se levanta hasta donde el cuello nos deja mirar. Los chiquillos salen y corretean a sus amigos, a una que otra gallina. 

Basta con un probada de aire fresco, con un toque de alegría que despunta a eso de las 2 de la tarde: basta con caminar un poco, abrir la puerta hecha por un herrero avanzado en edad, dar vuelta en el pasillo y pasar una, dos, tres puertas y entrar a una cocina. El techo manchado de grasa, migajas de masa por el piso, mantel de plástico para proteger la mesa, así como papel aluminio en la estufa, mientras el fogón contempla, confiable y relegado. Lo que se asoma a través del vapor que sale del cuarto es ¡Mole! ¡Arroz! ¡Salsa de jitomate! ¡Guacamole!. Fuera de la cocina está el cazo donde se preparan las Carnitas. Llegan las mesas, llegan las sillas. Más manteles sencillos. Los chiquillos van a hacer los mandados y traen los resfrescos. El tequila se pone en la mesa. La cerveza tampoco falta ya que a esa hora, con la resolana, lo más sensato que se puede hacer es ir al tendajón y pedir una caguama muerta.

Llegan los parientes, llegan los amigos. La música comienza. Bien puede sonar un acordeón, un bajo sexto, un bajo y un tarola con su campana y un pequeño platillo:

Qué triste se encuentra el hombre cuando anda ausente
Cuando anda ausente
muy lejos de su patria
Mayormente si se acuerda de sus padres y su chata
¡Ay qué destino!  Para ponerse a llorar

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Una fiesta en un rancho es una experiencia mexicana que inyecta alegría al ánimo. No es fácil ir al campo y ver cada carencia posible encarnada en la mirada triste de algún anciano, en el ganado flaco y a veces famélico. Pero como el campo y la tierra mismos, el ánimo no se quebranta cuando de trabajo se trata para el campesino mexicano.

martes, 5 de marzo de 2013

Larga vista



¡Qué interesante es cuando la música recrea los recuerdos más vívidos! Cualquier sentimiento es válido: alegría, tristeza, amor, derrota, gloria, tonterías, necedad, risas y encanto.

7 años, jugando a la pelota

9 años, castigado en la escuela

15 años: castigado en la escuela, jugando a lo que sea, embobado por una niña

Los sonidos de la lluvia y la tormenta con unos segundos en algún track. Memorias de las risas y las charlas serias en alguna noche de bebida y alegría en el salón fumador. Bromas, anécdotas y lo que sea que se les pueda ocurrir.

Las noches transcurren aceitadas como el motor de un buen Maverick 77 que corre bajo un intenso sol en alguna salida de la ciudad o en alguna carretera en el viaje hacia donde dicte la intuición y la sonrisa pícara del aventurero de lentes oscuros, tatuajes en los hombros, una vida qué gastar y un corazón qué perder. ¡Adelante, que no hay tiempo!, y en efecto, el tiempo era el problema y a la vez el recurso.

Rodando en altas revoluciones las llantas ya medio gastadas, la carretera caliente ve pasar a la nave del peso del revuelto pasado. Por eso hay que correr, por eso hay que huir ¡por eso hay que quemar caucho!

Las bocinas le dan presencia a un gran soundtrack. Mientras el sol se pavoneaba, el cd sonaba con algo que decía así:

My mind is playing tricks on me all the time
To let you know that I am real
And all the worries you build
Up inside your soul
The ones that make your world stand still

[…]

Así es, solo era una fantasía desde el escurridizo sueño en el dichoso salón fumador.